Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida con una sola rectificación, ni alcanza altura con un solo vuelo. Nadie debe vivir sin cambiar, ver cosas nuevas, experimentar otras sensaciones, y tener la capacidad de corregir sus errores. Nadie tiene el derecho de consumir el amor o la amistad de las personas si uno mismo no la produce.
(Autor Anónimo)

Buñuelos

sábado, 6 de marzo de 2010
De niña mi madre solía decirme que el corazón es un buñuelo caliente recién hecho, que puede llevar dentro el germen de una dulce crema de batata o el agridulce toque de la cidra. Crecí con esta imagen en mi cabeza y con la peculiar sensación de que los cardiólogos eran una especie de artesanos pasteleros expertos en la técnica de los rellenos. Por eso cuando a los cuarenta me diagnosticaron una enfermedad cardiaca grave las únicas palabras que mi madre se atrevió a pronunciar procurando no dejar al miedo escapársele por los ojos fueron:
- Te cambian el buñuelo de crema por otro de cabello de ángel y luego sentirás como tus sueños se vuelven agridulces. No hay nada que temer...
A pesar de sus palabras cargadas de inocencia todos nos asustamos mucho. Yo, la primera. Mis labios de color berenjena coqueteaban desde el espejo con la ceniza de mis ojeras y mis piernas, incapaces de responder a mis impulsos para correr, se transformaron de la noche a la mañana en los remos de una barca a la deriva. Me faltaba el aire y en cada bocanada me parecía perder el aliento que soporta la vida.
Era cuestión de vida o muerte, así que me ingresaron a la espera de conseguir un buñuelo de repuesto cuyo relleno, fuera el que fuera, le sentara bien a mi torrente sanguíneo. No sería como comprar un traje nuevo que puedes probarte y deshacerte de él si no te sienta bien. El cirujano me lo explicó muy claramente. Tras sus tecnicismos abigarrados me fue imposible atisbar las bondades que desde mi infancia había atribuido al gremio de pasteleros del corazón. Sólo al despedirse y tomar mi mano para consolarme percibí en su mirada de almíbar la confianza de quien ha espantado a la muerte a fuerza de bisturí.
Había una lista de espera. Me resultó cruel que en el camino hacia la muerte también se estableciera un escalafón de urgencias igual que ocurre con las plazas de un vuelo o con la entrega de un piso de protección oficial. Cuando me comunicaron que en esa lista hacía la número dieciocho no pude por menos que imaginar a mi cirujano portando una hermosa manga pastelera con el número dieciocho tatuado sobre su plástica superficie. Fueron sólo unos segundos porque nada más esfumarse esta idea de mi cabeza apareció otra bien distinta: dieciocho ataúdes, uno junto a otro, formando una insólita fila de donantes de buñuelos.
Fue en primavera cuando me diagnosticaron mi mal. Desde la ventana de la clínica los diminutos brotes verdes de los árboles brillaban al cielo como demoledores heraldos de lo que se me escapaba con cada suspiro. Me consolaba el hecho de no dejar ni huérfanos ni viudo y pensaba que mi existencia había discurrido como la de una monja o una asceta a pesar de no ser ni una cosa ni la otra. Mi carácter apocado y tímido no le había ofrecido momentos estelares a la humanidad por lo que si moría joven muy bien podría decirse que habría pasado por esta vida sin pena ni gloria. Me entristecía tal circunstancia porque en mi juventud había planeado una existencia de sobresaltos y aventuras. Desastre de años inútiles.
Pasó la primavera y tras ésta el verano y la espera se hacia casi insostenible. Con las primeras hojas otoñales volando por los aires la festividad de Todos los Santos hizo que alguna visita se presentara en la clínica con una bandeja de buñuelos. No hubiera podido, aunque el médico me lo hubiera permitido, atacar ni una sola de las rollizas bolas de masa cuyo interior rebosaba de diversos rellenos al cual más original: chocolate amargo, naranja confitada, crema inglesa... y un sinfín de modernidades surgidas del empeño por querer rizar el rizo de lo ya inventado hace siglos.
Cuando las paladas de arena arañaron la superficie de ébano del ataúd número dieciocho una prisa nerviosa se apoderó de la planta de cardiología. Había llegado el momento. Me despedí de los amigos, de los familiares y de mi pasado insulso. Me prometí que si salía de esa no habría quien me achantara. A los cuarenta se puede comenzar de nuevo. Era un diez de noviembre.
Recuerdo que mi último pensamiento antes de sucumbir a la hipnosis de la anestesia se lo dediqué al buñuelo deteriorado que me había acompañado durante cuarenta años. Adiós, le dije, has hecho lo que has podido y me sumí en un sueño faraónico que me mantuvo más de doce horas en una dimensión flotante que no es ni de este mundo ni del otro. No hubo ni túneles ni tampoco luces blancas.
Al despertar, muchas horas después, la lengua densa parecía un sapo hibernando en mi boca. Al echar mi mano al pecho y percibir el tamborileo de mi nuevo corazón advertí en su ritmo acelerado y saltarín las ilusiones olvidadas de mi primera juventud.
- No lo sabemos- contestó mi madre cuando le pregunté por el donante- es algo que no se dice.
El calendario fue haciéndose un árbol desnudo y con el transcurso de los meses mi mejoría era casi un milagro. Daba largos paseos por la ciudad, me perdía en barrios desconocidos y cualquier suceso insignificante me hacía sonreír. Mi vida dejó de ser insulsa. Cambié de trabajo y nuevos gustos y aficiones se instalaron en mi vida como los hematíes de una transfusión colonizan las nuevas arterias. Era verdad que a los cuarenta se podía empezar de nuevo.
Me acostumbré a acudir todas las tardes a un parque cercano al trabajo. Mis ojos se relajaban en su frondosidad verde. Solía sentarme en un banco rodeado de arriates floridos. Era mi banco. Era mi rincón del parque. Si faltaba alguna tarde a mi cita mi corazón recién estrenado ralentizaba su tic tac para llamar mi atención como un niño consentido al que no ofrecen su ración diaria de caramelos. No seas caprichoso, mañana iremos, le decía para contentarle y entonces notaba un gorjeo chispeante dentro del pecho y la tarde volvía a teñirse de esperanza.
Lo descubrí ese mismo otoño. No había sido casual que mis pies me condujeran a aquel parque y a aquel banco. Mi piel se erizó de estupor al escuchar las palabras del hombre. Habíamos coincidido alguna vez. O nos habíamos cruzado por el sendero principal o cuando yo llegaba al banco él se levantaba y se marchaba como si mi presencia le perturbara en exceso. Llegué a pensar que era un trastornado pues su mirada perdida en la espesura era inexpresiva como la de un ausente de la vida. Aquel día no se incorporó al verme llegar. Me incomodó tener que compartir mi banco con el intruso. ¿Quién se había creído que era? ¿No se daba cuenta de que me molestaba?
Me lo contó sin que yo le preguntara nada, mientras mi corazón palpitaba con una fuerza desmesurada que me hizo temer un colapso. La muchacha se llamaba Elena. En aquel mismo banco se habían jurado amor. Por eso venía de vez en cuando y se dejaba llevar por los recuerdos. Había muerto hace un año.
- Pero no del todo- añadió sonriendo por primera vez- su corazón camina por las aceras de alguna ciudad.
En un gesto de atrevimiento le agarré una mano. No la apartó. Esa fue la señal.
- ¿Cuándo murió?- le pregunté conmocionada.
- El diez de noviembre- me respondió. Me llevé su mano al pecho, bajo mi blusa. En otras circunstancias el hombre habría pensado que era una buscona. Sus dedos recorrieron mi piel, la cremallera de puntos que todavía emergía fresca como un tatuaje de dolor antiguo.
Nos quedamos así más de una hora. Al salir del parque le invité a merendar.
- Le gustaban los buñuelos- me dijo. Y entonces yo sonreí como si me reencontrara conmigo misma tras un largo viaje.

Clara I. Aránega









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