Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida con una sola rectificación, ni alcanza altura con un solo vuelo. Nadie debe vivir sin cambiar, ver cosas nuevas, experimentar otras sensaciones, y tener la capacidad de corregir sus errores. Nadie tiene el derecho de consumir el amor o la amistad de las personas si uno mismo no la produce.
(Autor Anónimo)

Magdalenas de vainilla y chocolate

lunes, 7 de abril de 2014
Superando la procrastinación que me atenaza me pongo delante de otra hoja en blanco para redactar la última receta para el blog.
Hace poco he leído en algún sitio sobre las bondades de la red, para mí que soy curiosa por naturaleza ha sido el mejor descubrimiento, poder viajar virtualmente a lugares que no podré ir jamás, actividades que me atraen y que despiertan la imaginación y la inventiva, recetas que cuando las ves en fotografías preciosas te invitan a probarlas y te animan a intentar hacerlas.
Pero, siempre hay un pero, el inconveniente es que yo que también por naturaleza soy muy entusiasta lo quiero hacer todo y es ahí donde entonces empiezo a procrastinar o a deprimirme porque ¡¡¡es tanto lo que me atrae….!!!!.

En el caso de la receta de hoy en principio me atrajo la fotografía y al comprobar que es de las que me gustan, fácil, con ingredientes sencillos y que podemos encontrar sin ninguna dificultad, vistosa y al probarla ¡¡muy rica!! se adelantó a otras que tenía pendiente publicar.

Os recomiendo visitar el blog de la receta original Mi dolce paradiso porque encontraréis recetas y fotografías estupendas.
Espero que os gusten.
Ingredientes
  • 100 g de mantequilla a temperatura ambiente
  • 150 g de azúcar
  • 10 g de azúcar vainillado
  • 3 huevos medianos o 2 grandes y una yema
  • 150 g de harina de repostería tamizada
  • 1 cucharadita de levadura
  • 100 ml de nata para montar en este caso no hace falta que sea de la que tiene más de 35% de materia grasa
  • 1 cucharada sopera de cacao puro en polvo (por ejemplo Valor) tamizado
  • Una pizca de sal
Moldes para magdalenas y moldes desechables de aluminio o flaneras de acero inoxidable o los moldes que son múltiples.

Mermelada de vino

martes, 18 de febrero de 2014

Otro relato de Clara Aránega para las recetas contadas que espero disfrutéis, y un descubrimiento que se ha retrasado y que cómo otras muchas recetas estaba esperando en el baúl para ver la luz.




Moon River

Pasaríamos unos días en los Hamptons. Los McAlister me habían pedido un favor inconmensurable, según sus propias palabras. Julieta, la niñera, había perdido a su madre y entre el funeral y el regreso desde Nuevo México no podría hacerse cargo de Pete y Addie. Serán sólo las vacaciones de Pascua, el domingo estaremos de regreso, se lo retribuiremos con creces. ¿Qué otra cosa podía hacer? Así que acepté. No me vendrían mal unos dólares extra. Cada vez me costaba más llegar a fin de mes. No conocía los Hamptons. Había oído hablar de sus playas de arena blanca y de las mansiones en las que vivían acaudalados empresarios o excéntricos artistas para los que mi sueldo podría suponer la propina de una noche de excesos en cualquier hotel de lujo de la ciudad. Apenas conocía otra cosa que el camino de mi apartamento a casa de los McAlister, Central Park y la pista de patinaje del Rockefeller Center. Llevaba cinco años en la gran manzana y mi vida social había sido eclipsada por las necesidades para sobrevivir. Solía llegar a casa de los McAlister a las siete de la mañana. Servía el desayuno de toda la familia, recogía la mesa y cocinaba la cena de cada día. Planchaba ingentes cantidades de sábanas de satén, camisones de raso, tejanos infantiles y camisas de cuellos almidonados al más puro estilo neoyorquino. Limpiaba la plata, sacaba brillo a las hojas de las kentias, cepillaba las tapicerías, ordenaba el despacho que compartían los señores, y comía mientras veía la televisión en un raquítico cuarto para el servicio. Ellos nunca comían en casa. La señora lo hacía en el bufete donde trabajaba y el señor en su despacho de Wall Street. Los niños recibían sus clases en un elitista centro educativo del Upper East Side, apenas a tres manzanas de su domicilio pero cuando regresaban, a eso de las cinco, mi jornada laboral se completaba con una hora de clase de francés que les impartía aun a pesar de sus reproches continuos y su falta de interés. Cuando a las seis y cuarto de la tarde dejaba caer mi exiguo esqueleto en el asiento del metro tenía que esforzarme por no caer rendida de sueño y aparecer en cualquier barrio del extrarradio de Nueva York. No es que yo viviera en el centro. Al poco de llegar había alquilado un apartamento más que minimalista en Queens. Dormitorio, cocina y salón todo en una pieza. La única puerta era la del baño y desde mi ventana de ochenta por uno diez las espléndidas vistas del cementerio de Saint John impregnaban mi espíritu de una alegría reconfortante. Podría llegar a ser peor de estar del otro lado de la tapia cuajada de musgo del camposanto neoyorquino, rodeada de cadáveres de gangters. 

En casa de los Baker, en los Hamptons, no tendría que realizar tarea doméstica alguna. Bastaría con sustituir a Julieta con Pete y Addie. Debería hablar con ellos en francés, todo el tiempo. No habría concesiones. Durante las vacaciones de Pascua los niños debían reforzar su vocabulario. Aproveche que estamos en la costa, me indicó la señora McAlister, y que se empapen de términos náuticos.

Mi habitación no era gran cosa en comparación con el resto de la casa, pero al menos las vistas eran mucho mejores que las ofrecidas por el cementerio de Saint John. Me dolían todos y cada uno de mis huesos y al tomar posesión de mi cuarto eché la cuenta de que llevaba más de cinco años sin vacaciones. El capitalismo es lo que tiene. Hice buenas migas con Sara, la cocinera tailandesa de exótica mirada y cintura de avispa, por eso la primera noche en casa de los Baker aunque cenamos las sobras lo hicimos como dos auténticas señoras: sentadas en la mesa de la cocina con vajilla inglesa y dos copas de cristal de Bohemia. Nos quedamos solas porque los anfitriones insistieron en llevar a los McAlister (niños incluidos) a la playa. El eclipse de luna congregaría a todos los habitantes de los Hamptons en unos miradores acondicionados para la ocasión. A Sara y a mí la astronomía nos daba igual. Tras la segunda copa de vino me confesó que la señora Baker era alcohólica, el señor Baker homosexual reprimido y sus dos hijos dos balas perdidas que no paraban de enfrentarse a juicios de faltas por el abuso de todas y cuantas sustancias estupefacientes pasaban por sus manos.

A la mañana siguiente se unieron a la reunión de amigos los Tillman. Nada más llegar y mientras yo me enfrentaba a Pete y Addie y a la primera clase de francés náutico en el porche, el señor Tillman me miró extasiado, como si reconociera en mí a un antiguo amor o a una novia del jardín de infancia.

- Soy Bill Tillman, me dijo extendiendo la mano en busca de la mía.

- Yo soy Ellie Hiraçzy, la criada de los McAlister.

La señora Tillman no tardó en demostrar su malestar.

- Querido, nos esperan para un partido de tenis. No te entretengas con el servicio.

Y Pete y Addie replicaron a dúo.

- ¿Somos el servicio, Ellie?

Las clases de francés no duraban más de quince minutos. Los niños encontraban infinidad de tentaciones para la distracción y la brisa del mar, el sol y la tranquilidad del lugar me provocaban una lasitud que ellos aprovechaban para escapar de mi control sin encontrar resistencia. Si la señora McAlister aparecía siempre era, qué casualidad, en el preciso momento en que mis alumnos recitaban la cantinela con la que poníamos el fin a nuestras clases: Au revoir, merci, madame Hiraçzy. Y corrían a montar en poni con su padre o a jugar al tenis con su madre.

Fueron tan sólo cinco días pero aprendí muchas cosas, unas de naturaleza humana y otras de naturaleza práctica. Entre las de la primera categoría la más importante fue que el ser humano es capaz de gastarse escandalosas sumas de dinero en uniformes para la servidumbre, conjuntos de tenis a juego con el tono de sus muebles de jardín o sartenes para cocina vegetariana y entre las de la segunda cómo preparar una exquisita mermelada de vino. En alguna de mis incursiones a la cocina había sorprendido a Sara rodeada de almíbares y botellas. Era tan menuda que parecía una niña jugando a las casitas. Se movía entre los fogones con la precisión de un cirujano y la elegancia de una ardilla de Central Park. Removía el cocimiento con determinación y los vapores que desprendía la mezcla eran tan embriagadores que tras observarla en silencio le pregunté intrigada qué cocinaba.

- Mi mermelada de vino para la señora- respondió como si yo estuviera obligada a conocer los gustos de la señora Baker. No puede pasarse sin ella, pobrecita.

Recordé su confesión de la cena de la noche del eclipse y debió notar mi expresión de desconcierto porque añadió:

- Mi abuelo se curó del alcoholismo con esta receta y lo estoy intentando con la señora. Lleva cuatro meses con el tratamiento y ha mejorado mucho.

- Pero, ¿cómo es posible?- pregunté atónita.

- Cada vez que siente la necesidad de beber, en lugar de hacerlo toma una o dos cucharadas de mermelada. Hay días que no tiene suficiente con cuatro botes- y me señaló una fila pulcra y ordenada sobre la repisa. Otros consigue llegar a la noche sólo con dos. Va mejorando muy lentamente pero ésta es una cura a largo plazo. Mi abuelo murió con ochenta y siete años y siguió esta terapia desde los cincuenta. Engordó mucho, eso sí. Pero no bebió más que en bautizos y funerales. 

- ¿Y cuándo no está en casa?

- La señora siempre lleva un bote en su bolso.

No conseguí establecer el mecanismo fisiológico que hacía posible lo que Sara me acababa de contar. Además, echando cálculos y teniendo en cuenta la cantidad de mermelada que la señora Baker necesitaba era más que probable que la cocinera invirtiera gran parte de su jornada laboral en la preparación de la milagrosa confitura. La imaginaba en un ir venir entre botellas de vino y blancos montones de azúcar  demostrando por su señora la devoción de una sacerdotisa.

La última tarde en los Hamptons me crucé en la playa con el señor Tillman. Iba solo y a juzgar por la humedad de su pelo y su apariencia deportista supuse que acaba de darse un baño. Me miró con la misma expresión hipnótica de nuestro primer encuentro en el porche y me saludó pronunciando mi nombre. Me sentía intimidada por su porte atlético y su mirada profunda. Aquella noche escuché palabras sueltas de una conversación entre él y el señor McAlister. Un hilván de sílabas por las que adiviné que hablaban de mí.

De vuelta a la ciudad los señores tuvieron la amabilidad de desviarse para dejarme en Queens. Mi escuálido apartamento me pareció más raquítico que nunca y para olvidar la frustración de una vida sin emociones di rienda suelta a mi glotonería y me terminé el bote de mermelada de vino que Sara me había obsequiado al despedirnos. Las lápidas cenicientas del cementerio de Saint John emitían al asomarme a la ventana un resplandor mortecino entre el que me pareció distinguir siluetas fantasmagóricas que se disparaban unas a otras.

Fue aquella una primavera veleidosa de días nubosos y tardes de llovizna. Me llegaban cartas de Budapest que guardaba en una caja de latón. Mis padres habían regresado del exilio parisino y se habían encontrado con un país desconocido donde sólo las nubes y el Danubio se asemejaban a sus recuerdos de juventud. Una mañana me disponía a preparar la cena de los McAlister cuando sonó el timbre. Me extrañó, pues el portero no dejaba entrar a ningún desconocido sin avisarme. Supuse que sería Julieta y que había olvidado sus llaves.

- Buenos días, Ellie- dijo el señor Tillman. Espero no molestarte.

Era incapaz de invitarle a entrar. Su sonrisa abierta y franca resultaba tan peligrosa como cautivadora. Vestía un traje oscuro, carísimo y una camisa blanca de finas rayas de seda. Yo sujetaba la puerta con una mano y con la otra  me apoyaba en el marco paralizada por la sorpresa.

- Me gustaría hablar contigo. ¿Puedo entrar?

Y empujó suavemente la puerta, sonriendo como si el recibidor de los McAlister fuera un escenario y su público le reclamara para un bis.

Manifestó sus intenciones de un tirón igual que un estudiante repitiendo una lección, sin querer olvidar un detalle importante. Yo le miraba incrédula temiendo que alguna cámara oculta estuviera registrando aquella absurda situación.

- Ellie, debí haberte hablado de mi oferta aquella tarde en que nos encontramos en la playa. En los Hamptons. Lo tuve claro en cuanto te vi en el porche de los Baker. Se lo propuse a Tom pero le pareció una locura y además, no quieren prescindir de ti. Es increíble que no se hayan dado cuenta, que fuera yo quien les abriera los ojos. El caso es que vengo a hacerte una oferta laboral- y carraspeó levemente antes de proseguir. Trabajo en el campo de la publicidad y eres perfecta para lo que buscamos en mi agencia. ¿Sueles recogerte el pelo con moño?

El temblor de mis piernas había dejado paso a una flojera que me hizo reír a carcajadas.

- Señor Tillman, no puede hablar en serio. ¿Qué importa que lleve moño, trenzas o rastas? Soy una criada húngara que trabaja once horas diarias para mantener esta casa en orden. Llevo cinco años sin vacaciones y gano novecientos dólares al mes de los que no puedo ahorrar ni un centavo porque sólo en el alquiler se me van setecientos. Dígame si no es para reírse. ¿Publicidad dice?

Me miró sereno y con un ademán delicado hizo girar mi barbilla como evaluando mi perfil.

- Ellie, no es broma. ¿Es posible que no conozcas a Audrey Hepburn?

- Era una actriz. En el colegio nos pusieron muchas veces “Historia de una monja”. La hermana Bernardette decía que me parecía a ella. ¿Usted también lo cree? ¿Es eso?

Y volvió a retomar su exposición y a contestar a mi pregunta.

- En Tiffany´s, la joyería de la Quinta Avenida, están interesados en hacer una campaña de publicidad directa. Nos han contratado y estaríamos encantados de que trabajaras para nosotros. Te pareces mucho a ella. En el porche de los Baker no podía creerlo. Hemos buscado en varias agencias de modelos, en las mejores, de éste y del otro lado del Atlántico y llego a los Hamptons y me encuentro contigo… ¿No crees en las casualidades?

Debía haberle contestado que sí, que creía en ellas pues toda mi vida por una o por otra casualidad había terminado siendo un compendio de desgracias pero le dije que no y le invité a marcharse lo más cortésmente que pude.

- No he logrado convencer a los McAlister. Por eso he venido a estas horas. Tenía que hablar contigo porque es una decisión tuya, Ellie- añadió intentando persuadirme y oponiendo resistencia para que no le diera con la puerta en las narices- sólo tendrías que pasearte por la tienda vestida como Audrey en “Desayuno con diamantes”.

Y cuando ya había conseguido cerrarle la puerta y me dejaba caer sobre ella escuché la parte más convincente de la proposición.

-…mil dólares a la semana. Mil dólares- repitió desde el descansillo arañando mi voluntad con sus palabras- piensa en ello Ellie, por favor…Mil dólares…

Lo primero que hice fue mirarme en el espejo del recibidor. Mi piel era muy blanca y las primeras arrugas perfilaban mis labios. Ya nunca me arreglaba y mis cejas habían perdido su forma primitiva transformándose en una sombra indefinida. La genética imponía su dictadura y las canas habían comenzado a aparecer. Necesitaría teñirme y acudir a un centro de belleza para una limpieza de cutis. Mis manos no eran las de una estrella del celuloide y aunque debía admitir que sí me parecía a ella, cómo iba a arriesgar un trabajo serio en el Upper East Side por otro de dudosa formalidad convirtiéndome en una impostora. ¿Qué dirían mis padres?

Los McAlister no hicieron alusión alguna al respecto. De vez en cuando y en los días sucesivos percibí en ellos cierta condescendencia. El señor me despedía cada tarde con un “muchísimas gracias por su dedicación” y la señora me anunció una subida de sueldo. Solían preguntarme si había llamado alguien, tal vez los Tillman o los Baker y yo continuaba mi vida como si la posibilidad de convertirme en un clon de Audrey Hepburn formara parte de mis días del colegio más que de mí presente en Nueva York.

Me quedé con los McAlister hasta que los chicos terminaron la universidad. Pete empezó a trabajar en el bufete de su madre y Addie se mudó a la costa oeste donde le ofrecieron un puesto de pediatra. 

Nunca volví a ver a Bill Tillman ni a visitar aquella mansión de los Hamptons pero una tarde, no hace mucho, paseando por la Quinta Avenida me detuve frente al escaparate de Tiffany´s. Algunos turistas disparaban sus cámaras ansiosos por retener una imagen de la joyería ante la que unos sonreían y otros simplemente posaban con gesto indiferente. Me hubiera gustado tener a un George Peppard a quien poder besar o cantarle una melancólica melodía sentada en el alfeizar de una ventana sin vistas a un cementerio pero gracias a mi vieja amiga Sara mis penas siempre fueron más llevaderas y al echar mano a mi bolso mis dedos acariciaron la amigable superficie del tarro de mermelada. Su lisa y reconfortante presencia. La ocasión lo merecía, con tres o cuatro cucharadas sería suficiente. Un bote al día no era mucho…todavía no. 




Mermelada de vino


 Ingredientes:

  • Vino tinto, por supuesto un vino que os bebáis y cuanto mejor sea mejor estará la mermelda, y si estáis dispuesta/os a probar con un vino que quite el “sentío” ¡¡adelante!!. Cantidad la que tengáis. Ejemplo: 750ml

  • Unas frambuesas o arándanos.200g

  • Azúcar, un poco más de la mitad del peso total del vino y las frambuesas. 600 gr aproximadamente. Es cuestión de probar porque también depende del vino

  • Zumo de limón. En éste caso yo puse el zumo de medio limón

  • Agar- agar 1 sobre para medio litro de líquido de la marca Vahine. Yo he puesto esa cantidad porque no me gusta consistente.





¿Qué es el agar-agar?

Es una gelatina vegetal de origen marino y en la cocina se utiliza entre otras cosas para la realización de gelatinas. Es muy utilizado en la cocina japonesa  y más recientemente en la cocina de vanguardia.

Gracias a su poder gelificante no se necesita gran cantidad para conseguir una gelatina con una buena consistencia.

Se disuelve a partir de los 95 ºC, por lo que siempre tendremos que llevar el líquido a ebullición para que se disuelva y pueda llegar a gelificar al enfriar en torno a los 40 ºC.


En la actualidad es fácil encontrar preparados comerciales en polvo de venta en grandes superficies yo he utilizado de la marca Vahine

Si resulta interesante su uso culinario, no menos interesantes son sus propiedades nutritivas. Os recomiendo visitar la página de Pronagar una web especializada.

Preparación de la mermelada:

Pesamos el vino y las frambuesas y añadimos la cantidad de azúcar. Añadimos el zumo de limón y dejamos macerar durante una hora aproximadamente.

Poner en una olla a calentar. Cuando rompa a hervir, bajar el fuego de forma que quede en un suave burbujeo.

Cocer removiendo frecuentemente. Pasado ese tiempo colar para retirar las pepitas de las frambuesas y añadir el agar-agar y cocer durante otros 2 minutos según las instrucciones del envase del agar sin parar de remover. 




A mí me gusta que no quede dura pero si preferís la mermelada con más consistencia se puede añadir hasta 6 gramos de agar agar para una botella  de vino.(750ml)

En cuanto adquiera la consistencia deseada guardamos en tarros de cristal bien limpios y aún caliente cerramos y les damos la vuelta. No hago mucha cantidad, es rápido y en cuanto la abrimos dura muy poco así que no os puedo decir cuánto tiempo dura después de abrirlo, pero dos semanas sin problema.

Os la recomiendo con queso de cabra, paté o carne o a cucharadas como la protagonista de la historia.


Después de esta larguísima entrada que espero os guste me despido.




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Magdalenas de Xavier Barriga con lemond curd

martes, 17 de diciembre de 2013


Vuelvo con éstas magdalenas que se han convertido durante los últimos meses en un reto personal de búsqueda de la magdalena perfecta. Las hago casi 3 veces a la semana porque se reparten casi todas y sin cambiar los ingredientes unos días están buenas, otros buenísimas y algunos increíbles, hubo un día incluso que nos dejaron a todos alucinados de lo ricas que estaban, hasta  los que no somos de magdalenas nos parecieron perfectas.

Son las archiconocidas magdalenas de Xavier Barriga pero con un toque de lemond curd que debéis probar.
 

Para los que no os animéis a preparar el Lemond curd o crema de limón lo venden en Carrefour aunque supongo que en otros supermercados también lo tendrán (en Alcampo no), pero para los que queráis intentarlo no resulta difícil de preparar y siempre está mucho mejor.

En la web podéis encontrar muchas recetas de la crema pero yo tengo dos recetas de referencia, una con Thermomix que me prepara mi amiga (no tengo la maquina, una pena ya lo sé) que publicó Yolanda del blog Cocido de sopa y otra sin la maquinita que es la que yo preparo del blog Sabores de colores ¡riquísimo!
No voy a poner las recetas porque en los enlaces que os recomiendo lo hacen estupendamente y no creo que sea necesario y así los visitáis que seguro encontráis recetas estupendas, ¡¡¡doy fe de ello!!.


Sin más la receta con algunos cambios respecto a la de Xavier Barriga

Ingredientes:
  • 125 gramos de huevo (2 o 3 dependiendo del tamaño)
  • 175 gramos de azúcar
  • 60 gramos de leche
  • 190 gramos de aceite de oliva virgen suave (en la receta original girasol)
  • 210 gramos de harina de repostería sin levadura
  • 5 gramos de levadura química
  • Una pizca de sal
  • La ralladura de 1 limón
  • Una cucharada sopera generosa de Lemond curd
Preparación:

Preparamos los ingredientes tamizando la harina junto con la levadura y reservamos.

Batimos los huevos junto con el azúcar y la pizca de sal hasta obtener una mezcla espumosa. Mejor con batidora de varillas, si tenéis la Thermomix en éste enlace lo explica muy bien.

Hacemos una emulsión con la leche y el aceite y los incorporamos al batido de huevos y azúcar muy despacio mientras seguimos batiendo.

Agregamos ahora la ralladura de limón y la cucharada de lemond curd. Mezclamos bien y por último añadimos la mezcla de harina y levadura a cucharadas para que se mezcle homogéneamente.

Mezclamos y dejamos reposar unas horas en el recipiente tapado en el frigorífico o a temperatura ambiente. Yo he hecho la prueba de las dos maneras y no he notado mucha diferencian siempre que no haga mucho calor. En el libro de Xavier Barriga dice que podemos dejar la masa toda la noche, en este caso es mejor en el frigorífico. Yo he probado a dejar la masa en el frigorífico de un día para otro y puede que suban un poco más pero no he notado una diferencia significativa.

Precalentamos el horno a tope 250ºC arriba y abajo y mientras repartimos con ayuda de una cuchara la masa en las capsulas. Últimamente lo hago con el repartidor de helados que casualmente tiene la medida perfecta.

Yo pongo las capsulas dentro de unos moldes de flan y las lleno hasta arriba pero si no tenéis las flaneras es mejor llenar hasta las tres cuartas partes de la capsula.
Espolvoreamos un poco de azúcar en el centro de la magdalena y las introducimos en el horno durante unos 16 minutos, bajando la temperatura a 200ºC.
Yo las pongo en la parte de abajo del horno.

Una vez horneadas, las sacamos de las flaneras y dejamos enfriar sobre una rejilla.
Espero que os gusten.








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